jueves 3 de julio de 2008

Pause II

Si hace un año alguien me hubiera advertido de lo que me esperaba si tomaba ese avión, habría reflexionado unos instantes, las dudas y los nervios, la incertidumbre, ya se sabe, pero el embarque habría sido inevitable: soy una imprudente. Pienso, además, que para ser plenamente consciente de la propia vida hay que experimentar dolor.
Cuando regresé de La Ciudad Fuego sufrí.
Fue un dolor tan grande como la propia ciudad.
Ahora simplemente tengo aquí, justo aquí, mete el dedo, no temas, ¿lo notas?, un socavón. Pero he asumido que siempre va a seguir ahí, como las amígdalas que no se extirpan.
Es difícil explicarlo.
Este verano no puedo huir de aquí.
El calor me quita las ganas de vivir
y mis ideas están pegajosas.
Así que ya nos veremos.

lunes 23 de junio de 2008

Todas las mañanas cuando Sara y yo nos vamos al colegio pienso que va a ser la última vez que vea a mamá. Quisiera despedirme con calma, por si acaso, pero sólo puedo darle un beso y decirle “Hasta la tarde”. Hay que actuar como si no pasara nada, me lo ha pedido papá. Por mamá, dice, y por Sara. Nada de ponernos tristes.

Le he prometido a Sara que no le voy a contar a nadie lo que pasa cuando nos vamos al colegio. Tiene miedo de que papá se enfade. Yo le he dicho que le voy a guardar el secreto. Pero es un secreto de las dos, la verdad, porque la veo llorar y se me contagia.

El otro día la profesora se dio cuenta. Se acercó a mi mesa y me dijo que tenía los ojos rojos. Yo le dije que no, que rojos no, que azules, como los de mi madre. Entonces me preguntó por qué había llorado. Le respondí que porque me había mordido un perro. Me parece que se lo tragó porque no me preguntó nada más. Y Guille también, porque me mandó una notita pidiéndome que se lo contara. Son tan tontos...

lunes 16 de junio de 2008

Mimetismo

La primera vez que cayó en sus manos un libro de Banana Yoshimoto lloró de la risa. “Banana –pensó- no es un nombre serio”. Y el título de la obra, Tsugumi, tampoco lo era.

Banana Yoshimoto no era un nombre serio. Y Tsugumi, un título imposible. Pero ahí estaba, frente a la caja, sosteniéndolo con una mano y sacando, con la otra, la billetera que solía guardar en el bolsillo trasero del pantalón.
La primera vez que terminó la primera novela de Banana Yoshimoto experimentó un absoluto desconcierto, como aquella vez que, siendo pequeño, lo despertaron en medio de la noche y lo obligaron a salir a la calle, tan fría, en pijama, porque el edificio –supo luego- había empezado a arder en el quinto y el fuego se estaba extendiendo. No pensaba que tuviera fin –al menos no tan próximo- y sin embargo lo tenía. Las páginas de Tsugumi, un poco más desgastadas, habían desvelado todos sus misterios y guardado silencio, luego.
Corrió a por Kitchen, como si en lugar de tratarse de un libro se tratara de la ración de arroz o de judías que le correspondería -previa entrega de la cartilla-, en una hipotética época de carestía por causa de la guerra o un desastre natural. Descubrió que la fruta que acompañaba al apellido era un seudónimo, y rió de nuevo; el nombre de pila –el auténtico- tampoco era mucho mejor. A diferencia de las letras de esa novela –que se trataba, en realidad, de la primigenia-, que eran hermosas y plácidas como fuegos artificiales mudos. Embrujado –el participio es ese- por la literatura de la oriental pasó el día entero leyendo. Prescindió de la lasaña precocinada, de la anhelada cita de esa misma tarde, de la lasaña ignorada de la comida que se convirtió en lasaña despechada a la hora de la cena. Sólo se levantó para ir a mear.
Después llegaron Sueño profundo y N. P. Y el lector se apoderó de ellas, de todas las palabras, las absorbió... Se sentía, paradójicamente, más cerca de Banana y de sus personajes de ficción, de lo que había estado nunca de cualquiera.
Sólo quedaban dos libros –aún sin traducir al español- y Amrita. Cuando lo consiguió, lo llevó a casa, se sentó en la cama con las piernas cruzadas y dejó el libro en el hueco entre ambas. Lo miró, durante mucho, mucho tiempo. Era el último ser vivo del universo de su autora. Leerlo, ¿y después qué? Releerlo, una y otra vez, descubrir lo que en una primera lectura pasó por alto, conocer la obra a la perfección. Hacer el amor con María, Tsugumi, Mikage, Kazami y Terako hasta saber exactamente cómo desbordarlas. No, no podía leerlo. Era una especie de testamento. Le hizo hueco en la estantería, acarició el lomo -línea de un horizonte en miniatura-, con ese estampado de pata de gallo. Ignoraba cuánto tiempo tendría que pasar para poder desentrañarlo. Siguió mirándolo hasta que le interrumpió el teléfono. Volvió a mirarlo, antes de salir de la habitación.
Tropezó con su imagen en un espejo. Se miró por inercia, para comprobar que estaba presentable -guiño del subconsciente- y descubrió, estupefacto, que sus ojos, redondos, pequeños y glaucos, se habían rasgado.

El teléfono -cómo no- siguió sonando.

jueves 12 de junio de 2008

Postal

T., 12 de junio
Leí alguna vez que quien desea marcharse de una ciudad es porque no es feliz en ella. Lo creí y me fui. Pero aquí tampoco lo soy. Creo en la felicidad, sí, pero en la felicidad de los otros, no en la mía. Sonará extraño, pensaréis que se me está yendo la cabeza, pero es cierto. Alguien descubrió los grupos sanguíneos –sigo sin saber cuál es el mío-, la estructura atómica, el funcionamiento de la telefonía inalámbrica que de tanta utilidad nos es ahora, el acelerador de partículas. Alguien dio la vuelta al mundo a bordo de un velero, pisó la Luna y cruzó a nado el Estrecho. Alguien pintó los bisontes de Altamira, colocó la última piedra de la pirámide de Keops y… Todo eso ocurrió, lo creo firmemente, aunque no lo presenciara. La felicidad existe, aunque yo la desconozca.
Ayer visité el Idemitsu. De ahí compré esta postal. No sabría hacer la conversión a euros, pero me salió cara, seguro. Hay miles de franquicias de restaurantes italianos y un tranvía. El trayecto es agradable y tengo a alguien que me prepara el desayuno. Se llama Yuicihi. Pero. La vida es un montón de metáforas absurdas. Se me han ido las ganas de cantar. Porque el japonés es un idioma extraño. Cada dos por tres tengo que limpiar los filtros de los grifos por culpa de la cal. La sociedad es tan… que los niños no gritan a la salida del colegio. Mataría por poder pasar el verano a la orilla del mar, como antes, entre sombrillas de Fanta y balones hinchables de Nivea. El trajín en la cocina, la sandía dispuesta en aquella fuente blanca, el sopor del Poniente, el Tour Francia y el sueño profundo de la hora de la siesta… Todo me duele. Quién me mandaría irme tan lejos.
Os echa de menos,
Eme

martes 3 de junio de 2008

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He comido alimentos transgénicos, sufrido atascos, tenido herpes.

He ingerido cantidades bárbaras de bebidas alcohólicas de marca blanda y viajado a través de veinte mil leguas de cocaína. He reconstruido el Averno con bragas sucias debajo de mi cama.

No hay luz, mis bombillas se rinden a diario, y las pilas alcalinas agotadas, tan nocivas, se acumulan en el frutero. Un desfalco bancario me dejó sin un duro.

Los lagartos de pared han asediado la terraza, varias medusas bucean por mis párpados, mis óvulos se desintegran cada mes, perdidos inútilmente.

Los lunes llegan recibos que pronto dejaré de pagar y alguien cuela por debajo de la puerta propaganda de un supermercado alemán y descuentos de un alegre restaurante chino, mientras los chinos de verdad, los que no se han ido, duermen aplastados por los escombros de las casas donde antes rieron.

Las ondas de mi ordenador han hecho que el cactus crezca casi hasta el techo, y sin embargo a los niños que se alimentan de desechos se les hincha el vientre, de tan vacío.
A este paso, la música de sintetizador me gustará tanto como los reality shows. El mundo es un lugar mejor desde que nadie escribe novelas.

Nápoles es una basura; la Ciudad Fuego y sus alrededores, el paraíso del narcotráfico. Coslada, la ciudad sin ley. Valencia es una miniatura; Viena, asusta. De París ha pasado una eternidad. Marte queda, en coche, a más de quince días de vacaciones. El resto del planeta es un desierto, un campo de golf y un asco, a partes desiguales. Quisiera largarme y que esto se convirtiera en una de esas miles de viviendas desocupadas, a la espera de nuevos sedentarios incautos que hipotequen su años a cambio de un sofá donde sentarse para ver la Champions y una vitrocerámica donde freír las patatas de la tortilla. Pero se han agotado los pasajes de huida y en las calles cada vez hay más monedas enquistadas y sombreros fracasados, boca arriba.

Juguetes con los que jugamos el único día que fuimos niños, ropa pasada de moda, teléfonos móviles inmovilizados en un cajón, junto a viejas colillas, postales descoloridas y cartas en las que nadie escribió nunca lo que acabábamos de leer. Años de colegio perdidos por culpa de profesores que se hacían los locos, padres que llegaban rendidos del trabajo, malas compañías y nosotros mismos, que jamás apreciamos lo que suponía aprender. La universidad, un gran fraude más.

Lugares de infancia de los que nos desalojaron, se vendió la casa, se murió la tía, dejaron de cuidar el jardín, se oxidó el columpio. Con nuestros deliciosos bocadillos de mantequilla con azúcar, los niños de hoy marcan gol o hacen experimentos. Las esculturas abstractas de plastilina se dejan morir al sol, como yo misma.