sábado 13 de junio de 2009

Bis bald

No te olvides de guardar el albornoz naranja ni de echar al cubo de la basura las bolsas de lechuga lavada y cortada que ya no te vas a comer.

Registra los cajones y, aunque ya no tenga caso, déjame verte pasar la mopa, baila otra vez para mí la danza de las pelusas de desconocida procedencia.

Esta noche el vecino de enfrente se preguntará dónde está tu luz y cuando se dé cuenta de que ya no habrá más episodios de descuido y exhibicionismo, de que tu silueta nunca más va a estar detrás de los visillos, echará con fastidio la colilla al patio de luces.

El cepillo de dientes. Comprueba que has metido el pasaporte y el billete de avión en el bolso. Estás a tiempo de pedirme con los ojos que los haga desaparecer sin ningún tipo de magia.

Pretendes que me lleve a casa todas esas botellas a medio beber y que cuide hasta nueva orden de tus peces de colores. Les deprimiría, juras, volar con una compañía de bajo coste.

La cama sin sábanas ni colcha, la mesita de noche sin el caos de tus pendientes y collares, sin tu aerosol para el asma y sin el bloc de notas –antiguo suvenir de un parque temático, donde anotabas palabras nuevas, con su plural, género y significado.

Tu maleta murmurándole al parqué, el lejano rumor de un taladro y tú tarareando Wonderwall. El crujido como de vela de barco al desplegarse, cuando descuelgas los pósters. La voz elástica de una goma para mantenerlos enrollados. El encierro de todos ellos en uno de esos largos tubos de plástico.

Te acercas y dices que bueno, que crees que ya está todo. Te encoges de hombros. Me instas con un gesto a abandonar el salón. Apagas la luz. Te pregunto si no te importaría que diera en adopción a tus peces. “Mi hermana –aseguro- los cuidará mucho mejor”.

Saco tus cosas al rellano. Sales y vuelves a entrar para comprobar que no olvidas nada, que has cerrado la llave de paso del gas y apagado todas las luces. Un portazo, dos vueltas de llave. Besas la puerta. Suspiras.

Te despides de todo con los ojos.

Bajamos las escaleras más despacio que nunca.

Cuando llegamos a la planta baja, los dos vamos mirando al suelo. Se enciende la luz, de forma automática, al abrirte la puerta.

Recorremos la calle en silencio, juntos por última vez. Nos cruzamos con el cartero. La prostituta rubia, como siempre, está en el umbral de la puerta del acogedor “Rotte Laterne”. El viejo con el sombrero tirolés lee el Kronen Zeitung, sentado frente al supermercado. Las majestuosas negras que van a la iglesia pentecostal del nuevo milenio. Tu sonrisa para sus hijas, de cabellos trenzados. El griterío de los niños en el parque; ese que, al principio, no osabas atravesar de noche. La pequeña cancha de baloncesto donde el chaval chino entrena todas las tardes. La mesa de pin pon donde escribiste tu nombre la primera vez que nevó. La algarabía amazónica de la feria. La Noria.

Y hasta aquí hemos llegado. Prefieres que no te acompañe en tu último trayecto al aeropuerto. Y estás en tu derecho. Pero. Te despides con normalidad, como si mañana mismo fuéramos a encontrarnos.


Tampoco hoy te he visto llorar. Me pregunto a quién reservarás semejante privilegio.

jueves 4 de junio de 2009

...

Tazón de leche con motivos ibicencos, biscotes con aceite y jamón. El sol -el sol, los destellos de la piscina del vecino. Tus brazos en la lejanía sumergiéndose en el agua, alternativa y acompasadamente. El césped, el mar: la calma. Tú que detienes tu carrera y te limitas a flotar, a chapotear un poco, y luego sales del agua con una camiseta blanca pegada al cuerpo. El sonido sordo del cerrojo oxidado de la puerta de aluminio. Las gafas de bucear,en la mano. El crujido de trigal de tus pasos hasta alcanzar la manguera. Tu mirada hacia arriba.

-¡Buenos días! ¿Me tiras la toalla?

El sonido refrescante del agua de la manguera verde. Cierta parsimonia. Y luego los pasos mojados, plof, plof, por el piso resbaladizo de color calabaza. Las escaleras de piedra. Huellas y pequeños charcos en el suelo desteñido de la terraza donde me encuentro. Tus labios mojados en mi cara, la sal, gotas de mar escurriéndose por las puntas de tu pelo. Algún comentario inane e inevitable, tan propio, "qué bien vives", "deberías venir conmigo a nadar todos los días". Tu sombra recortándose en la puerta.

miércoles 20 de mayo de 2009

Remake

Quienes me conocen bien y han pasado conmigo el tiempo suficiente para ver cuán hestúpida puedo llegar a ser –como diría Cachorri, saben que si hay dos películas que me gustan y me siguen haciendo reír esas son: La familia Addams –I y II- y Solo en casa –en este caso, sólo la primera. Digo esto no sólo porque me divirtiera y gustara el artículo de El Escritor, publicado hace un par de domingos, y quiera, como él, confesar mis debilidades, sino también porque me encanta su relación con Reverte y me apetecía relacionar Solo en casa con un episodio que tuvo lugar aquí, en el piso, a principios de marzo.


Hallábamos en casa Enferma, el señor Esnupi de Raso y Coco (no, no son seudónimos), recién cenados. Puesto que en el exterior el termómetro marcaba tres grados y puesto que nuestros estómagos estaban hinchados, optamos por echar unas partidas de cartas –a ver quién de todos hacía más trampas. Cuando el nivel de violencia verbal ya franqueaba el umbral de la personificación, es decir, de la agresión, escondí la baraja y decidimos por unanimidad ver una película online, desde la cama. Por aquel entonces, gracias a la inestimable colaboración de A., disfrutábamos de wifi. Así que nos fuimos a la cama. Al señor Esnupi de Raso –en adelante, EdR- se le permitió entrar a la habitación y tumbarse a nuestro lado, sin que eso, por supuesto, sirviera de precedente. Lo que tampoco debía servir de precedente –aunque doy fe de que no ha sido así- es que Enferma escogiera la película que íbamos a ver. Su agitación nos puso sobre aviso: nada bueno tramaba. No podía tratarse de una película de miedo; y de violencia, que es el único género que interesa a EdR, tampoco. Pero podía poner Torrente y… Coco y yo temblábamos. Cuando descubrimos que se trataba de Solo en casa II. Perdido en Nueva York, nos rebelamos, montamos en cólera, lanzamos almohadones, instamos al señor EdR a que se sumara –sin éxito- a la revuelta, pero ya era tarde. La película había empezado y Enferma se adelantaba a las intervenciones de los personajes. Un espectáculo. Y a ver quién osaba interrumpirla. EdR no, desde luego. Estaba demasiado ocupado pensando en los ingredientes que necesitaría para preparar la incomible comida alemana del día siguiente, y barajando posibilidades sobre cómo ensuciaría más la cocina: si preparando él mismo con agua, harina y huevo, una pasta casera, o vertiendo la cazuela con lentejas sobre la mesa, como hacen esos pintores modernos con los cubos de pintura. Con Coco tampoco podía contar porque después de haberse reído tanto, había muerto: dormía profundamente –acurrucado bajo la totalidad del nórdico; faltaría más. Así que me contuve, respiré hondo durante 18 minutos, me levanté de la cama, hecha una furia, y apagué el ordenador sin cerrar sesión ni historias. Huelga decir que tuvimos al alter ego de Kevin a nuestro lado, durante un buen rato; pero la sensación de fraude era mucho menor. Porque Solo en casa II es un asco. Si Macaulay Culkin no hubiera rodado esa estúpida película, probablemente hoy sería un tipo normal, en vez de un drogadicto fracasado. Y juro que me duele hablar así. Pero.


Solo en casa, a secas, como decía, sí me parece una buena película. Consigue hacer saltar el resorte de mi sentido del humor –en palabras de Coco, “tan extraño”; y sólo porque detesta que sepa contar los chistes con más gracia y salero que él (ahí queda eso). Además del momento “quédate con el cambio, sabandija asquerosa”, mi preferido es el de la escena en la que los padres abren los ojos, se incorporan y gritan “¡nos hemos dormido!”. Quizás porque yo nunca he sido de quedarme dormida (oigo despertadores, timbres, teléfonos…y aunque no hubiera despertador, ni timbre, ni teléfono, si tengo que hacer algo por la mañana me despierto igualmente, por mis propios y misteriosos medios), pero mucho menos he sido de ponerme de los nervios de buena mañana: si ya llegas tarde, sigue durmiendo. Pero qué más dará eso. Quería hablar del momento “¡nos hemos dormido!” y del pánico que se apodera de toda la familia cuando ven que o se espabilan o pierden el avión. Si lo mismo hubiera ocurrido aquí (paréntesis), lo habrían perdido. Especialmente cuando, meses atrás, la bañera tardaba tres cuartos de hora en desaguar… O incluso ahora, cuando ni intentándolo, bajo ningún concepto, logramos salir de casa en menos de una hora y media, ay. Carreras para aquí, carreras para allá, gritos, maletas, vaso de leche de un trago…. Estrés y una mala hostia... En fin. Y el bueno de Kevin, en la gloria: soñando con quedarse solo en casa…


Y yo pensaba, escéptica, ahora que sé de verdad lo que es la convivencia y, oye, un uno para la Enferma, y que nadie se asuste, aquí un uno es la máxima nota, que en realidad los McAllister tendrían que haberse despertado ese día con la calma que caracteriza, en algunos casos, los momentos previos a que suceda algo de verdad inevitable, algo que tenía que pasar. Deberían haber abierto los ojos, haberse incorporado despacio y haber pronunciado al unísono:


“Nos hemos perdido”.


Sin exclamaciones ni dramas. Y luego, en pie, una ducha –por separado, claro está, y guardar con parsimonia (morituri te salutant) las cosas en la maleta, doblar el pijama, vestirse de espaldas, bajar las escaleras. Abrir la puerta y cerrarla, por última vez. Hasta que alguien compre o alquile la casa y vuelva a habitar en ella. Pero eso no nos incumbe. Y ya en la calle, mirada y hombros encogidos, “Nos hemos perdido”, “Sí, nos hemos perdido”, sabiendo de sobra los motivos pero sin caer en el error de volver a enumerarlos. Sonrisa de disculpa y adiós. Pasos sin rumbo o taxi a cualquier parte. Desayuno sereno: café americano, una tostada. Y ningún remordimiento. Porque la vida es eso, ensayo, error, acierto.


Por si os lo estáis preguntando, esta vez no se olvidaron a Kevin en casa. Afortunadamente nunca estuvo allí ni en ningún otro sitio. Los McAllister eran de los que pensaban que cuanta menos gente presencie un derrumbamiento, mejor.

sábado 16 de mayo de 2009

Amor adverbial





Quiéreme mucho, pero nunca, nunca me hables de siempre.

lunes 11 de mayo de 2009

Aplicación

Lentas, una tras otra, imperceptibles, inevitables, fueron calando mis palabras en tu piel.

Sin pausa, persuasivas, como una letanía. Irresistible, pérfida, logré que te lo creyeras todo.

No sabías lo que querías y de pronto deseabas lo que yo.

Mis palabras se tatuaron debajo de tu piel, como si en lugar de piel la tuya fuera una sábana santa.

Confiaste en mí; sin mí estabas perdido.

Saberte en la palma de mi mano fue gratificante, pero no bastó.

Con mis mentiras e hipérboles aún tibias en tus venas -mera literatura folletinesca, alejé mis labios de tu oreja.

Las explicaciones tardan, pero siempre llegan.

Quizás te reconforte un poco saber que no fue por ti

–no cometiste ningún fallo imperdonable, me hiciste sentir bien,

sino por Harold Lasswell.

Entendí su teoría de la aguja hipodérmica y, desde entonces,

amor,

mi amor,

la verdad es que aprovecho cualquier ocasión:

no dejo de comprobarlo.