Un abrazo a todos,
gracias de verdad
...y adiós.
Esa es la ciudad de la que te he hablado, bien, mal, pero tanto, la que se extiende en el cauce del río sin barcas ni patos -sólo joyas urbanas y esqueletos resplandecientes- y en los confines de tus ojos de menta. La ciudad que, al ser vista desde el noveno piso donde se encuentra el restaurante, nos ha concedido una tregua, una pausa para reposar los ánimos y separar todo lo que vamos a hablar de aquello que no podemos contarnos.
Estamos los dos solos en la zona de mecheros y humos. Las cartas de cuero negro aún están cerradas, y un discreto camarero, en la esquina, monta guardia para satisfacer, en cuanto haya indicio, nuestros deseos.
Pareces tan absorto y a la vez tan relajado que no oso respirar.
-No es la primera vez que vienes aquí, ¿cierto?
-Cierto –respondo.
-Entonces confiaré en tu criterio. No quiero tomar ni una decisión más hoy.
-¿Tantas has tenido que tomar?
-No te lo imaginas.
-Sí. Hasta última hora no has tenido claro si venir o no.
-Entre otras cosas.
Paso las páginas de la carta, con cierta urgencia -no me esperaba esa respuesta-, como la de quien busca en un diccionario de bolsillo, perdido en cualquier calle de un país lejano, exótico idiomáticamente, la palabra que cree que le sacará del apuro, que le permitirá llegar hasta el hotel o encontrar un médico. Busco en la carta, aunque sé bien lo que vamos a cenar. Templo mis nervios; o doy la cara en este momento o lo que venga será todo un rodeo, un circuito en torno a la más obvia de las preguntas:
-¿Y por qué has acabado viniendo?
-Me apetecía verte.
-Bien –pero no basta con eso-. ¿Por qué dudabas?
-Puede que fuera mejor dejar las cosas como estaban.
-¿Cómo estaban?
-De la única forma en que podían estar: paradas.
-¿Y ahora?
El camarero vuelve con el vino. Lo descorcha. Sirve un poco en las copas. Lo catas, le das el visto bueno, evades la respuesta. El camarero toma nota de la comanda y se marcha de nuevo.
-Tengo que admitir que no me imaginaba esto así, ¿eh? -señalas el exterior-. La última vez que vine estaban empezando a construir el edificio aquel.
-L’Hemisferic.
-Eso.
-Pero esa debió de ser la penúltima.
-Ah, sí. Claro. Pero es que la última no cuenta. No llegué a estar ni diez horas; no me dio tiempo a nada.
“Como hoy”, me guardo de decirte. Lo último que debo hacer es mostrarme borde o irritada porque hayas tardado tanto en querer volver a verme. Pues ahí te tengo, a poco menos de un metro, al fin y al cabo. Pero tampoco puedo mostrar mi debilidad siendo demasiado efusiva. Todo lo que uno tiene por verdad tiende a aflorar, a salir a flote, pronto, como los pedacitos de un corcho en el vino. Contenerse, ponerse uno mismo la mordaza entraña cierto peligro - el de dejar de ser tú-, y a la vez resulta punzante, molesto, como si te estuvieran haciendo cien pruebas de la alergia. De modo que empiezo por admitir que
-El día de la reunión… Iba por la plaza Tetuán y no sé por qué me fijé en ti, que estabas sentado en un banco, junto a una enorme jardinera en la que había, hay, una palmera. Estabas haciendo tiempo, descansando, y me llamaste la atención. Por tu pinta de macarra, con aquellas gafas de sol, no sé, por lo que fuera. No se me pasó por la cabeza que pudieras estar en el grupo y cuando te vi aparecer en el hall, justo cuando empezaban las presentaciones improvisadas, me puse nerviosísima. Y cuando durante la conferencia no sólo te sentaste a mi lado sino que descubrí que… Fue muy extraño. Y luego todo lo que pasó… -debería callar, debería callar, debería callar-. Te parecerá tonto, pero desde entonces, cuando estoy por el centro, intento desviarme siempre que puedo para pasar por el banco y encontrarte ahí de nuevo, sentado.
Tu sonrisa me apaga la voz.
Tengo miedo y calor.
Me siento como la ranita de la boca grande, la famosa ranita del chiste.
-¿Y en qué piensas cuando me ves ahí sentado?
-En todo lo que no piensas tú.
-Venga.
Verte comer, tan pausado y solemne, siempre me ha resultado fascinante. Pareces sacado de las páginas de una novela de Kawabata, de la primera ceremonia del té.
-Estuve una vez a punto de ir a buscarte.
-¿Estar a punto? ¿Eso qué quiere decir?
-Faltaba poco para que saliera el tren y allí estábamos mi maleta y yo, en la estación del Norte. Bueno, era una bolsa de viaje, pequeña, ya sabes, con lo suficiente como para que no pensaras al verme aparecer que llegaba dispuesta a aposentarme en tu casa, a dejar mi neceser en tu cuarto de baño, mi pijama debajo de tu almohada, mi ropa interior en un cajón de tu armario y todas esas cosas tan rancias y previsibles que se pueden llegar a hacer en un exceso de autoconfianza. Me habría gustado que entendieras a priori que la cosa iba a ser breve.
No me mires así, por favor. No me hagas justificarme.
-A veces hago cosa extrañas, no sé. Preferirías no haberlo sabido. Ya… Ahora vas a pensar que estoy realmente grave, que tenías que haberte quedado en casa viendo los partidos de la NBA, o haber ido al cine para confundirte de horario o de película, como sueles hacer, cualquier cosa salvo haber aceptado esta cena.
No me mires así. No puedo aguantarlo, para, si sigues así no me quedará más remedio que
-Saltar por la ventana. Creo que ahora mismo debería saltar por la ventana.
-Como hiciste en Mindo, ¿no? Pero entonces fueron doce metros, no cien.
-Precisamente: la idea es hacerme más daño.
-Matarte, diría.
-No, no tanto. Ahora me aseguraría de saltar en posición vertical, no sedente.
Te ríes. Bien. Creo que ya no tengo que saltar.
-¿Algo más que añadir?
-Sí.
Silencio.
-Cada uno es responsable de aquello que ha cautivado.
-
-Y también de aquello que lo ha cautivado. Así que, en fin, yo tenía que intentarlo.
-
-
-
-
-Sigues diciendo la verdad.
-Siempre.
-¿Y por qué no cogiste el tren?
-Lo cogí. Ese y los dos de después. Pero no se puede decir lo mismo de lo que tú hiciste con el teléfono.
-¿Cómo?
-Llegué hasta Biarritz.
-Joder.
-¿Qué?
-¿Por qué no me avisaste con tiempo?
-Te avisé con tiempo.
-Con más tiempo.
-Porque no. Lo decidí la noche anterior.
-¿Y por qué no seguiste insistiendo?
-Porque en ningún momento me devolviste la llamada.
-
-Sabes que es verdad; encima no pongas esa cara.
-Estuviste a sesenta y dos kilómetros de mi casa. Dime qué cara quieres que ponga.
-No sé. Pero otra.
-¿Esta….? ¿Esta…? ¿O mejor esta otra?
-Déjalo, da igual.
La conversación se queda estancada, como los diálogos que escribo últimamente. Llega un punto en el que tal personaje dice tal cosa y… Lo mejor sería zanjar con el punto y final más grande nunca visto, pero, ay, soy de esas personas que no saben cómo ponerlos. Ni tampoco verlos. Creo que las historias siempre pueden retomarse donde se dejaron, y si no puede ser… Si no puede ser que el punto y final lo coloquen otros. No es por eximirme de la responsabilidad, sino porque sencillamente no sé. No tengo ni idea.
-¿Quieres probarlo?
-Tiene crema, ¿verdad?
-Sí.
-Entonces no, gracias. ¿Tú quieres de esto? Está muuuy bueno.
-Se nota. A ver… Muuuy, muuuy bueno.
-Coge más.
-No me irás a decir que estás llena…
-No. Pero prefiero ver cómo te lo comes tú.
Anécdotas, dos cafés, futuribles, un güisqui, planes, una ginebra con tónica, picardías, tonterías, carcajadas que se esparcen por la estancia desierta. La cuenta, la mirada de menta que se despide de la panorámica, el gracias y buenas noches del maitre, el ascensor.
Las ganas.
Las inseguridades.
El silencio.
La (a)tracción.
El dictado del sentido común.
Las ganas inaguantables.
Las ganas inagotables.
El temor a la temeridad.
La planta baja.
Los semáforos en ámbar, los esqueletos fosforescentes, la ciudad que duerme. La incredulidad. Porque el tiempo se acaba. Cómo puede ser. La humedad de anfibio. Que aclara las ideas. Como en aquel cuento infantil, al abrir la boca de mis labios brotará una carretera eterna, la sinfonía de un puerto, una mesa de billar, el piquero de patas azules que me gustaría regalarte cuando cumplas los cuarenta y una conjunción copulativa de neón. Todo eso.
-Bueno, pues…
-Ya.
-Gracias por todo.
Si hablas, morirás; si callas, morirás.
-A ti.
-Si planeas volver a venir, llama.
-Sí.
-Espero que eso ocurra pronto. Venga, dame un beso . Cuídate mucho.
Así que habla y muere.
-
-Adiós, Ana.
-Adiós.
En el embarcadero la gente espera al sol.
Tu boca seca se agrieta cuando descubres que los edificios, bajos, son una continuación terrenal y aleatoria del arcoíris. Si no supieras que te asfixiarías en el mismo momento en que decidieras quedarte en esta isla, próxima o no tanto a Venecia, qué fastidio sería depender a diario del vaporetto, te quedarías. Aprenderías cómo hacen encaje las zurdas, ahogarías los recuerdos y los libros y parte de tu vida en la laguna, vivirías en un palafito azul, paredes desconchadas y manchas de humedad incluidas. No tendrías barca. El olor de la gasolina te despertaría por las mañanas.
Vidas como esa.
En la plaza Galuppi te detienes a por un zumo de frutas. El color del líquido te recuerda que sigues sin saber por qué ahí en Burano todas las casas –adosados, más bien, pero ahorrarías electricidad y energía oyendo la radio de la vecina- son “así”.
Así, cómo, qué quieres decir. Ah, ya entiendo. Hace años, cuando los vaporettos no existían, o existían pero no venían hasta aquí, a siete kilómetros, pero tan apartados, los hombres se hacían a la laguna con sus barcas de madera. Y luego se hacían a la mar. Partían cuando las palomas se desperezaban en los recovecos bizantinos de la basílica y en los del Campanile, y volvían a casa cuando la laguna entera era silencio. Y niebla. La niebla aquí es densa, lo vuelve todo inescrutable. Como el velo de una viuda. Por eso los hombres tenían que apurarse. Si alguno se topaba con el anochecer en la mar, si a esas horas aún no había vuelto a casa, tenía que esperar hasta el amanecer del día siguiente. Y al día siguiente el cansancio y el cuerpo húmedo, engarrotado, vencían. Y ese hombre no iba a pescar. Menos dinero para la casa, una calamidad. A mi marido solía pasarle. Por eso yo salía al embarcadero, con una luz en la mano, y lo recorría de norte a sur, de este a oeste. Algunos hombres me confundían con sus esposas. Llegaban hasta mí, guiados por la luz… Mi esposo era muy celoso. Mucho. Decía que no quería saber nada de eso, pero me veía, ya lo creo, casi siempre, desde su barca. En una ocasión hubo un malentendido… Y dejé la luz. Fue entonces cuando decidí pintar la casa de rojo. La gente puso el grito en el cielo. Aquí qué se puede ser, ¿salvo un anticuado? Al día siguiente pinté las franjas verdes. Los marcos de las ventanas los dejé en blanco, como ves. Como la bandera de la patria, sí.
Mi marido no volvió a perderse. Los colores de la casa eran nuestro código, la forma de reconocernos. En la noche, en la lluvia, en la niebla. Tanto da.
Te alejas de allí, de la casa bandera.
¿Vuestro código cuál es?
¿Cuál era?
Nunca lo pactasteis.
Tampoco habría servido de mucho. Una de los dos habría descubierto en ese preciso momento su daltonismo, el desagrado súbito por el expresionismo abstracto, en fin, esas cosas.
El vaporetto te rescata de esta isla. Antes de subir te obligan a tirar a la basura el zumo, aún a medio beber.
Sabía tanto a niebla.


Escribir lo que uno quiere escribir, es lo único que importa, y que eso importe por siglos o por horas, es lo de menos.