sábado 31 de octubre de 2009

Niebla


El nombre de esta isla de 7 000 habitantes bien podría ser un error tipográfico. Burano
en lugar de Butano. Eso justificaría los rodales de sudor en el vestido blanco, la multitud de mosquitos tigre, que la ga de Italia se derrita en tu mano. Como una enorme chocolatina que hubieras estado guardando.

En el embarcadero la gente espera al sol.

Tu boca seca se agrieta cuando descubres que los edificios, bajos, son una continuación terrenal y aleatoria del arcoíris. Si no supieras que te asfixiarías en el mismo momento en que decidieras quedarte en esta isla, próxima o no tanto a Venecia, qué fastidio sería depender a diario del vaporetto, te quedarías. Aprenderías cómo hacen encaje las zurdas, ahogarías los recuerdos y los libros y parte de tu vida en la laguna, vivirías en un palafito azul, paredes desconchadas y manchas de humedad incluidas. No tendrías barca. El olor de la gasolina te despertaría por las mañanas.

Vidas como esa.

En la plaza Galuppi te detienes a por un zumo de frutas. El color del líquido te recuerda que sigues sin saber por qué ahí en Burano todas las casas –adosados, más bien, pero ahorrarías electricidad y energía oyendo la radio de la vecina- son “así”.

Así, cómo, qué quieres decir. Ah, ya entiendo. Hace años, cuando los vaporettos no existían, o existían pero no venían hasta aquí, a siete kilómetros, pero tan apartados, los hombres se hacían a la laguna con sus barcas de madera. Y luego se hacían a la mar. Partían cuando las palomas se desperezaban en los recovecos bizantinos de la basílica y en los del Campanile, y volvían a casa cuando la laguna entera era silencio. Y niebla. La niebla aquí es densa, lo vuelve todo inescrutable. Como el velo de una viuda. Por eso los hombres tenían que apurarse. Si alguno se topaba con el anochecer en la mar, si a esas horas aún no había vuelto a casa, tenía que esperar hasta el amanecer del día siguiente. Y al día siguiente el cansancio y el cuerpo húmedo, engarrotado, vencían. Y ese hombre no iba a pescar. Menos dinero para la casa, una calamidad. A mi marido solía pasarle. Por eso yo salía al embarcadero, con una luz en la mano, y lo recorría de norte a sur, de este a oeste. Algunos hombres me confundían con sus esposas. Llegaban hasta mí, guiados por la luz… Mi esposo era muy celoso. Mucho. Decía que no quería saber nada de eso, pero me veía, ya lo creo, casi siempre, desde su barca. En una ocasión hubo un malentendido… Y dejé la luz. Fue entonces cuando decidí pintar la casa de rojo. La gente puso el grito en el cielo. Aquí qué se puede ser, ¿salvo un anticuado? Al día siguiente pinté las franjas verdes. Los marcos de las ventanas los dejé en blanco, como ves. Como la bandera de la patria, sí.

Mi marido no volvió a perderse. Los colores de la casa eran nuestro código, la forma de reconocernos. En la noche, en la lluvia, en la niebla. Tanto da.

Te alejas de allí, de la casa bandera.

¿Vuestro código cuál es?

¿Cuál era?

Nunca lo pactasteis.

Tampoco habría servido de mucho. Una de los dos habría descubierto en ese preciso momento su daltonismo, el desagrado súbito por el expresionismo abstracto, en fin, esas cosas.

El vaporetto te rescata de esta isla. Antes de subir te obligan a tirar a la basura el zumo, aún a medio beber.



Sabía tanto a niebla.

jueves 15 de octubre de 2009

Las noches más largas III

Madrid

-Tienes que relajarte, cielo, recuerda lo que dijo el doctor.
-¿Pero cómo quieres que me relaje, mujer? ¡Cómo quieres que me relaje si el partido está al borde del colapso! -tiemblan las copas y los niños bajan la cabeza cuando su padre propina un puñetazo sobre la mesa. La mujer le mira con severidad. Que se haya acostumbrado a la crispación, que lo considere ya algo casi crónico no significa que vaya a tolerar que su marido pierda los estribos delante de los críos.
-La dirección nacional no puede ser desafiada, quien actúa contra los intereses del partido no pertenece a él, así como tampoco pertenece a él cualquiera que enturbie, ensucie o desacredite la imagen del partido con palabras y/o actuaciones. Porque nuestro partido es un partido honesto, transparente, con unidad de criterio. A nuestro partido le interesan las personas, lo que piensan, sus preocupaciones y sus necesidades. Nuestro país necesita cambios profundos y queremos/
-Cielo – la mujer aprieta suavemente el hombro de su marido. Ha de vigilarle, hacerle ver que no puede contaminar las sobremesas, cualquier momento de su vida privada y familiar, en definitiva, con palabras que van subiendo de tono hasta alcanzar el clímax discursivo propio de los encuentros populares en plazas de toros. Por eso le dice otra vez-, cielo.
-Perdona, Elvi, tienes razón –admite-. Sólo una cosa más: yo, como presidente del partido popular, no voy a tolerar bajo ningún concepto, nunca, que se me desafíe otra vez –apura su copa de vino y se pone de pie.
-¿Y ahora qué haces, Mariano?- exasperada-. Déjalo, ¿quieres? Mañana se encargará Nancy. Vámonos a dormir.
-No –se libera del abrazo de su mujer-. Yo mismo me encargaré de la limpieza.


Valencia

De pequeño, cuando la familia de Ricardo llamaba a Ricardo Ricardito, Ricardo se imaginaba a sí mismo, con veinte o veinticinco años más, conduciendo vehículos de lujo y luciendo en la muñeca relojes con los que alguien –pero no él- podría pagar varias letras de una hipoteca. Lo que no se imaginaba Ricardo, pues contaba todavía con pocos años, era el modo de conseguir todo aquello. Pero creció. Y pronto se dio cuenta de que la manera más rápida y fácil de lograrlo pasaba por convertirse –y no es casual este verbo- en político. Y eso hizo.

Ya como secretario general del popular partido y como portavoz del mismo en la comunidad de la paella, de la luz y del color, Ricardo se imaginó que, quizás, con el apoyo de unos amigos –de los que uno, no él, a simple vista desconfiaría- llegaría a ser presidente del partido, del gobierno de la región y, por qué no, con un poco de suerte, del estado español. La idea de dedicarse profesionalmente a la política hasta el momento de su jubilación le resultaba fascinante. ¿Cuántos regalos acumularía hasta entonces?

Lo que nunca imaginó Ricardito –tampoco Ricardo- es que acabaría, como suele decirse, pagando el pato, el precio de los platos rotos o todo ello junto, siendo el cabeza de turco, el chivo expiatorio que se sacrifica para enmendar los pecados y corruptelas de otros -ex- compañeros de partido.

Ricardo mira fijamente el techo de su dormitorio. Ignora si habrá comisión de investigación, pero sabe que ha perdido su honor y credibilidad, que ha sido destituido de todas sus funciones pese a que no está sometido a ninguna imputación. Se da la vuelta en la cama y tira de la manta hasta cubrirse los ojos. Y entonces piensa que, en realidad, lo que tendría que hacer es precisamente eso: tirar de la manta. Y que con él cayeran todos.

Washington

Después de entrevistarse con el nuevo Premio Nobel de la Paz, en un despacho en forma de nimbo, después de desayunar con él, de estrecharle la mano, de prometerle a éste que España enviará más guardias civiles a Afganistán –“como si allí sobraran”, pensó la traductora, aunque se guardó de decirlo, cosa que quizás no habría hecho Jacobo, Jaques, Jack, Jaime, Santiago, Diego o Yago Deza- y de que acogerá a algún que otro preso de Guantánamo cuando esta prisión se cierre, después de garantizar a su equipo que su país –de ellos- volverá a cobrar protagonismo en la escena internacional, después de conocer cómo evoluciona el quebramiento imparable del partido de la oposición y después de ojear las guías turísticas de los países de Oriente Próximo que visitará en su próximo tour, Zapatero sonríe, contempla desde la ventana de su suite en Blair House las hermosas vistas, la Casa Blanca iluminada, y piensa que le gustaría mucho que la noche se alargara.

lunes 28 de septiembre de 2009

Llueve


Los cartones sobre los que esta noche ha dormido el mendigo de Micer Mascó, el famoso mendigo que vende pañuelos de papel y que más que vender parece que se despide de alguien, por cómo los agita, debido al parkinson, son galletas blandas, a punto de desintegrarse en el escalón que precede a la entrada de un colegio de pago.
El mendigo se levanta tiritando, engarrotado, tosiendo. Mira desolado sus viejos cartones, la pasta de papel de periódico que le sirvió de abrigo, los paquetes de pañuelos, sucios, húmedos, aplastados. Se marcha con las manos más vacías que nunca. Y entonces, a las ocho en punto, sale un hombre vestido de manera impecable, casi un ejecutivo de no ser por la escoba que sostiene en la mano izquierda. Barre los escalones, echa el colchón del mendigo al cubo de la basura. Y luego esparce serrín por toda esa zona, como si allí, en lugar de un hombre dormido, alguien hubiera vomitado.

Llueve.

Treinta minutos de retención en la avenida Pérez Galdós. Autobuses escolares y de la EMT, furgonetas de pequeñas empresas, turismos con autónomos, funcionarios, desempleados, estudiantes que ayer por la tarde lavaron el golf, taxis que sintonizan la SER, todos en Pérez Galdós, parados.

Llueve.

Hay palomas cobijadas bajo los aleros de los tejados y perros viejos, de ojos tristes,  en la puerta de la iglesia, que no provocan ya ni ternura ni temor. Los pesqueros no se hacen hoy a la mar.

Llueve.

Los labradores miran al cielo, con las manos en los bolsillos o con el cigarro mañanero encendido. Si llueve con moderación las naranjas se hincharán, serán brillantes y se podrán regalar a las cooperativas para que ellas las vendan a los supermercados europeos. Pero si llueve mucho y fuerte o si incluso graniza, las naranjas se hincharán, perderán el color y se descolgarán de las ramas por sí mismas. En los campos, luego, todo será una miasma.

Llueve.

Pero en la Alemania de Angela Merkel hoy ha salido el sol. “Lo hemos conseguido”, declaraba anoche a los medios de comunicación, mientras las putas se contoneaban bajo sus paraguas, en el polígono industrial, como las mujeres chinas de antaño sobre las que escribía Pearl S. Buck. “Viel Spaß!”, se despide Angela de su marido, tras darle un beso, cuando se va a trabajar.

Llueve.

Bueno, en Filipinas ha habido una tormenta tropical, inundaciones y más de ciento cuarenta muertos. Pero aquí llueve, estamos en alerta y, uf, sí, el mundo se va a acabar.

Llueve.

Los cubos distribuidos por la sala de estar de la vecina se han desbordado. Pero la vecina no puede hacer nada en este momento porque está limpiando en casa de los tal, que no se han molestado en apagar el riego por aspersión.

Llueve.

Pero no café en el campo. Y lo que más te preocupa es que se te encrespe tu melena tan lisa, que se ensucien los bajos de tus vaqueros, que se destiñan tus converse, que no le gustes a Pedro.

Llueve.

Hay agua y sequía, hay presas vacías y bañeras con rutinas de jabón, hay trasvases para campos de golf.

Llueve con la misma fuerza con la que llovía cada tarde en el DF, pero la lluvia de aquí no nos limpia la cara ni el ánimo, sino que nos envilece.



(La pintura que acompaña se titula "En el atasco" y es de "Zafra" Vicky Rodríguez)

miércoles 16 de septiembre de 2009

Fragmentos croatas II

Stari Grad -nocturno
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El ferry de regreso a Split, nos anunció la mujer que montaba guardia en la caseta de información y venta de billetes, había zarpado dos horas atrás. Miro-slav sacó el horario de uno de los bolsillos de su pantalón; lo había doblado tanto que parecía una de aquellas “chuletas” –miniaturas perfectas, precisas, garantía de éxito académico- que se confeccionaba para cada examen un lejano compañero de colegio llamado Jesús Insa. Sin duda, a lo largo del viaje habíamos aprendido a economizar espacio y por eso Miro tardó un poco en desplegarla. Cuando lo hizo, le mostró la hoja a la mujer y le indicó con el dedo: “mire, aquí lo dice”. El resto nos apelotonamos alrededor de la ventanilla  para reforzar lo que él decía, pero la mujer señaló con una de sus uñas de porcelana –hay que ponerse guapa para atender al público- otra columna: la de los sábados, domingos y festivos. La frecuencia de paso de los ferrys, en efecto, era menor: prácticamente se reducía a la mitad. Entonces Miro pidió disculpas por las molestias, le dio las gracias por la información y le deseó buenas noches a la mujer, que cerró de inmediato la ventanilla y nos indicó con un gesto que nos alejáramos de allí.
Caminamos hasta el final del muelle. Amontonamos todas las mochilas –que ya eran como prótesis nuestras- y nos sentamos, todos con las piernas colgando. Eran las dos de la madrugada y hacía un poco de viento. La nada se extendía frente a nuestros ojos, que todavía no se acostumbraban a la semioscuridad, y se mofaba de nosotros en hvratski. No entendí lo que decía, pero se le notaba por el modo en que las olas chocaban contra el muro de hormigón. Ratko sugirió que buscáramos un lugar, mejor a cubierto, donde pasar la noche. “O mañana estaremos muertos”, completó Polic. Ceci lo miró espantada y comenzaron, así, los dos, junto con Ivo, a tomarle el pelo,
-Bueno, a ver, es obvio que este no es el mejor sitio del mundo para quedarse dormido…
-Venga, no la asustes. Hay que ahorrar y…  Somos siete, tío, no tiene por qué pasar nada.
-A mí el dinero me da igual. Total, hemos gastado mucho. ¿Vamos?
-¿Sabes qué hora es?
-¿Y sabes que aquí, en Croacia, tenemos toque de queda?
-Pero qué decís.
-Sí, en las ciudades más grandes, no; pero en pueblos como éste a partir de las doce si estás en un hotel no puedes entrar, y si estás fuera…
-Eso es una boludez.
-Cosas de no ser miembro de la Unión Europea.
-Oye, Ivo, ¿te acuerdas de aquello que pasó…? Lo de la turista inglesa a la que rompieron las piernas por quedarse dormida en un jardín.
-Buf, sí, fue… Pero tú no te preocupes, Ceci, estás con nosotros. ¿O es que no te fías?
hasta que Miro, a pesar de que se estaba divirtiendo tanto o más que yo, se compadeció de Ceci e intervino para zanjar la broma.
-Si viene alguien con intención de romperte las piernas, te despertaré, ¿vale? Hasta entonces no te preocupes: yo voy a estar haciendo guardia.
-¿Seguro?
-Seguro.
Así que se levantó, maldijo en español a los otros tres, que se estaban meando de risa, y al minuto ya descansaba en su esterilla. A los cinco, sin exagerar,  nos había abandonado por ese día.
-Ojala todos los miedos fueran así, ¿eh? –observó Ivo. Y tenía razón: siempre he admirado la facilidad con la que alguna gente se queda dormida. En cama ajena, asiento de tren o autobús, aeropuerto, en el muelle de Stari Grad o en el palo de un gallinero, como se suele decir. Es algo envidiable, una reminiscencia neonatal.
Ivo y Polic hicieron lo mismo que Ceci, al cabo de un rato: desplegaron sus esterillas  y la flanquearon. También cayeron rendidos.  Ratko, en cambio, se tumbó bocarriba, pese a que la noche no estaba estrellada. Al verlo así recordé una antigua creencia de mi abuela, según la que si veías una estrella fugaz y, justo en ese mismo instante, cogías una piedra, ésta se convertía en oro.
-¿En qué piensas?- la voz de Miro me rescató de las nostalgias justo a tiempo.
-Pues… en algo que contaba mi abuela.
Sonrió, y sus dientes levemente separados fosforecieron en la noche.  Supe, por esa sonrisa, que deseaba que le contara.  Esa disponibilidad y atención total, siempre, para todo aquel que quisiera narrarle un episodio cualquiera, trivial, o confesarle algo inconfesable a otros, era una de las cosas que más me gustaban de él.
“Verás, a mi abuela le encantaban historias. Pero como leer le costaba mucho, se las inventaba. Bueno, quizás algunas las escuchara contar, pero su memoria era tan mala que de una historia contada hoy, salía, sin duda, una distinta mañana. Y se le daba realmente bien, ¿sabes?
Los veranos, mientras fuimos pequeños mi hermano y yo, los pasábamos en una casa que tenía mi abuela en un pueblecito de Almería. Almería está bastante más al sur de donde vivo. Era una casa antigua, la construyeron sus abuelos, creo, destartalada, de una sola planta, con puertas de esas grandes, muy oscuras. Era un poco como un hospital, pero estaba junto al mar. Así, como estamos nosotros ahora, Miro. ¿Te lo puedes imaginar? Era una gozada. Mi hermano y yo nos pasábamos el día entero dentro del agua. Nos arrugábamos como…”.
 ¿Cómo se diría garbanzo en inglés? No me salía la palabra. Y Miro no apartaba los ojos de mí, como si detrás de mis pupilas fuera a encontrarla.
 “Bueno, nos arrugábamos mucho. Mi abuela contaba también una historia sobre eso, sobre los niños que pasaban mucho tiempo dentro del agua. Me parece que era una especie de cuentecito de miedo, con moraleja, pero, la verdad, es una pena, ya no me acuerdo.
Veraneábamos, como te decía, cada año allí. Ahora ya no porque se murió mi abuela y, no sé, lo que suele ocurrir, mi padre y mis tíos decidieron que era mejor vender la casa. Y supongo que cuando eso pasó, hace seis años, dejamos definitivamente de ser niños. Hasta entonces todas las noches, después de cenar, salíamos a la terraza y  los tres  nos sentábamos, cara al cielo, en un balancín que siempre estaba húmedo. A veces también estaban mis padres, pero por lo general el verano lo recuerdo sin ellos, porque solían salir los dos solos. A cenar, al autocine, a bailar. Les gusta muchísimo bailar, pero muchísimo. Y allí cerca había un restaurante italiano, con una terraza enorme en la que tocaba en directo una de esas pequeñas orquestas… ¿Te imaginas? No sé si aún seguirá abierto...”.
Sentí, en ese momento, la necesidad de pedirle a Miro que me acompañara, que viniera conmigo a ese pueblecito de Almería en cuanto nuestra aventura terminara,  para averiguar si el restaurante italiano y su terraza de sueños de verano seguían abiertos. Y a quién más podía pedírselo: hacía mucho que no hablaba sobre eso. Quizás no lo hubiera hecho nunca antes. Y se lo estaba contando a él, a su sonrisa y a sus ojos mansos, de buen chico. A él, porque con sólo cinco días de fotos y palabras y palabras, con sólo cinco días de andar próximos y sorprendernos por las mismas cosas, con sólo cinco días así, sabía que me seguiría sin pensarlo, a donde yo quisiera o a donde hiciera falta.
“La música llegaba a ráfagas hasta nuestra terraza. Casi siempre boleros, ¿sabes lo que son?, bueno, canciones de esas que están hechas para… ser uno con alguien, ¿entiendes lo que quiero decir?, y llevártelo, con el corazón, muy, muy lejos.                        Por suerte, aquí viene aquello que estaba pensando antes y que tú querías saber, mi abuela nos entretenía con sus historias. Una de ellas, la que más recuerdo, contaba que si alguien lograba coger una piedra al tiempo que una estrella fugaz surcaba el cielo, la piedra se convertiría en oro. Sí, tú ríete…  Mi hermano y yo también nos reímos, al principio, pero como la mujer lo recordaba casi, casi cada noche acabamos creyéndolo. ¿Por qué iba a engañarnos?, nos preguntábamos. Y como no había razón alguna por la que tuviera que hacerlo, era nuestra abuela, al fin y al cabo, lo creímos. Nos obsesionamos un poco, diría, nos contagiamos por la fiebre del oro. Y la interrogábamos, queríamos saber si había sido testigo del milagro, pero ella lo negaba. Aseguraba que nunca nadie había tenido tanta suerte, porque las estrellas fugaces pasan cuando pasan, o sea, raras veces, y cuando pasan, lamentablemente, no tienes la piedra a mano. “¿Entonces cómo sabes esto?”, la increpábamos. Y se sumía en un silencio de lo más misterioso… Cómo sabía que éramos un par de crédulos. Crédulos y testarudos, porque nos emperramos en demostrar que lo que contaba mi abuela era cierto: soñábamos con ser los únicos niños del mundo poseedores de semejante privilegio: la piedra convertida en oro. Así que lo que hicimos fue recoger tantas piedras como pudimos y dejarlas, metidas en una bolsa, sobre el balancín. Cada noche, al sentarnos, mi hermano y yo nos cubríamos con las piedras… y esperábamos. Pero nunca fuimos lo bastante rápidos. Lo más que logramos fue dejarnos llevar por la fantasía para tratar de engañar al otro y hacerle sentir inferior: “¡Mi piedra se acaba de poner un poco amarilla! ¡Hala! ¡No lo has visto! ¡No lo has visto! ¡Mi piedra ha estado a punto de convertirse en orooo!”, pero eso fue todo. Jamás pudimos desmentir ni corroborar la leyenda de mi abuela, ni tuvimos, por supuesto, tesoro, premio o botín estelar. Pero estábamos, no sé cómo explicarlo, esperanzados y juntos, y ese es el mejor estado que hay”.
Polic roncaba como  si fuera un pequeño avión que se llevaran las nubes, Ivo había colonizado más de media esterilla de Ceci, y Ratko, hecho un ovillo, dormía acunado por la música de su Ipod. Nosotros, Miro y yo, éramos dos noctámbulos convertidos en vigías del Adriático.
-Creo que acabo de descubrir mi verdadera vocación –murmuró.
Asentí, en la oscuridad. Me pareció un gran plan. Un gran plan B, que es lo que me venía haciendo falta desde, pf, quién sabe cuándo.
-Podríamos trabajar a cambio de alojamiento y pensión completa. Malvivir, como suele decirse.
-Suena más a bienvivir, la verdad… -le corregí.
 Sonrió. Y a tientas, buscó mi mano y se la llevó a los labios durante un período indefinible de tiempo en el que mantuve los ojos cerrados, con obstinación, no por acabar de componer una postal de lo más idílica, sino porque me estaba encogiendo de miedo. Luego dibujó en mi palma, con la yema del dedo índice, las curvas de un ocho tumbado. Lo inevitable acababa de ocurrir, se había materializado en un discreto símbolo matemático. Y me encogí hasta tener el tamaño de un guijarro.  Siendo tan pequeña me dolió el esfuerzo, me dolió muchísimo, y no sé a quién quería engañar de los dos ni qué pretendía remediar, pero desasí, despacio, mi mano imantada y trémula. Y comenzó, ya entrada la noche, la noche más larga de Stari Grad.

miércoles 2 de septiembre de 2009

Fragmentos croatas I

Ciudad Carnívora
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A la chica del turbante
y a mi gran amor, de gafas rotas.



Me despertaron las instrucciones de rigor previas al aterrizaje. El español de la azafata era bastante decente. Eso fue lo primero que pensé al abrir los ojos. Lo segundo, que faltaban pocos minutos para volver a hallarme en la capital croata. Y se me encogió el estómago y deseé, por un instante, no llegar para evitarme los impactos -y el desgarro- que me iban a propinar tus beligerantes recuerdos, armados cada uno de ellos con una maza de estrella. Otra vez no. Más no. Por dios. Sólo lo deseé por un instante, pero fue suficiente para que entendiera que si no llegábamos a Zagreb sería porque habríamos sido reducidos a pequeñas partículas de carne. Inconscientemente empecé a rezar. El miedo siempre me hace rezar, pero como lo hago sin pleno convencimiento me pierdo a la mitad . Volví a intentarlo. También podía negarme a abandonar el avión, aunque me sacarían a la fuerza. Y entre el dolor psíquico y el físico que seguramente me provocarían los policías croatas como me pusiera muy insoportable, opté por el primero. No porque fuera mejor, pero las vacaciones ya estaban pagadas, llevaba tiempo ahorrando y la coquetería es lo último que hay que perder. Me vi a mí misma, en alguna playa de Dubrovnik, entre hombretones, con un ojo amoratado o un brazo en cabestrillo y… Así se disuade a cualquiera. En cambio, si solamente estás atormentada… No, íbamos a llegar y no ocurriría nada. Al fin y al cabo la duración de la escala era de cinco horas, la vez anterior llegué a la ciudad en tren y no pensaba moverme del aeropuerto. El peligro estaba lejos, así pues. Si acababa retorciéndome de dolor sería únicamente por la sugestión y la curiosidad –inconfesable- por el sufrimiento propio, por saber si es posible resistir más y, en ese caso, cuánto.


La ciudad se extendía allá abajo, entre las laderas del monte Medvenica y el río Sava. Ceci contemplaba la panorámica con los ojos muy abiertos. Intentaba no perderse detalle; le fastidiaba muchísimo no poder conocer la ciudad. “Pero en cinco horas -me había dicho en otra ocasión, mientras hablábamos al respecto- es imposible, no da tiempo”. Y daba, no para conocer los veinte museos o los dieciséis teatros de Zagreb, claro, pero sí para dar una vuelta y hacerse una idea. O al menos para alardear, si se daba la ocasión, ante los amigos: “Cuando estuve en Zagreb…”. Porque nadie diría “Cuando estuve cinco horas en Zagreb…”. Y conociéndola estaba claro que Ceci se lo había planteado, pero ni loca me lo iba a proponer: sabía que podía encogerme como un armadillo aterrado y estar fuera de mí durante todo el viaje. No sería la primera vez. Y desde luego, por su parte, no iba a consentir que fuera la segunda.


-Oye/

-¡Ah, tonti, al fin despertaste! –sonrió y yo asentí-. ¡A la noche no tendrás sueño y querrás que salgamos a tomar!

-Aunque tuviera muuucho sueño, en cuanto lleguemos al apartamento y dejemos las cosas vamos a salir a conocer la noche… dubrovnita. Y el amanecer, por supuesto.

-Ya… ¡Sabía, sabía! –rió- Pero igual tendremos que averiguar a qué hora llegan éstos mañana.

-Por la tarde, creo. De todas formas saben dónde es y tienen nuestros números. Así que.

-Ya… Todo bien –hizo una pausa-. ¡Ay, quiero llegar, quiero llegar, quiero llegar!

-Es precioso, ¿eh? –dije, como si necesitara que alguien se lo hiciera notar.

-Sí, ya lo creo.

-Oye –lo intenté de nuevo-, ¿tú crees que las ciudades nos recuerdan?

Me miró con perspicacia.

-¿Nos recuerdan a quién? No empecés, tonti –añadió, impaciente-. Vinimos a pasarla bien…

-No, no. Si no lo digo por nada…-mentí.

-Ya, claro. ¿Creés que nací ayer? ¿En qué pensás? –se puso seria-. Mejor hablamos todo ahora.

-En nada... Pero me preguntaba si nos recuerdan porque, no sé, sería justo. Es como con la gente –intenté explicarle-. Hay gente que por lo que sea te marca y te acompaña siempre. Y no tiene por qué estar cerca. Puede que incluso no la vuelvas a ver, pero contigo se queda –Ceci asintió-. Y algunas veces sabes que es recíproco, pero en cambio otras… Hay quien olvida con mucha facilidad. Pasa página, sin más. Y yo creo que desde ese momento ya no vuelve a preguntarse ni una sola vez qué fue de la vida de tal, en este caso tú misma. ¿Me entiendes?

-Me parece que sí –asintió de nuevo y se quedó mirando con fijeza el reposacabezas del asiento de delante.

-Vale. Y estarás conmigo en que eso es… ¿descorazonador? No sé cómo llamarlo. Pero con las ciudades sucede, o me sucede, igual. Si lo que yo siento por Viena fuera recíproco, bilateral, yo sería para ella una Erasmus inolvidable. O La Erasmus, si me apuras –sonreí-. ¿Pero te crees que ella se acuerda de mí, a estas alturas? Se ha olvidado hasta de cómo pronunciar mi apellido.

-Es que tu apellido, querida, perdoná que te diga…-se burló.

-Ya… Pero alguna vez lo supo. Y lo mismo con/

-¿Zagreb?

Suspiré.

-Sí. Si Zagreb supiera… Bueno, lo supo. Si Zagreb no hubiera olvidado todo lo que pasó, seguramente vendría a recogerme al aeropuerto con una enorme pancarta de color azul y una banda de música.

-Ya…

-Pero eso no va a pasar y… Me vas a matar, pero tengo que ir a su encuentro.

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-Dejame tu bolso de mano.

Me sentía tan pero que tan traidora.

-¡Pero dale! No seas boluda, no pasa nada.

-No te quiero dejar aquí sola… Vámonos las dos y una vez allí, si lo prefie/

-No, no. Ya tendré más ocasiones. No quiero llevarme una mala impresión.

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-Nos vemos luego, entonces…

-Está todo bien. Chauchis.


Zagreb.

Zagreb.

Zagreb

E incluso

Zagreb.



Porque lo más parecido a estar contigo era volver sobre lo que recorrimos, muertos de frío. Mi mano engarzada a la tuya, en el bolsillo de tu chaqueta polar. Pero sin ti. Que le diste luz, risa y voz a una ciudad que, sin ti, dios, sin ti, ya no tenía alma. Y aún así, desalmada, se apoderó de mí. Y me vació. Como quien repela un frasco de mermelada. No quedó nada.


llorar en un lugar público es el acto más exhibicionista que hay. más que andar desnudo o follar. y sin embargo no está prohibido.


me deshidraté frente al teatro nacional de croacia. sentada en el bordillo de el pozo de la vida, una obra maestra de ivan mestrovic. las figuras de bronce me miraban perplejas. “pero qué pasa aquí, qué alboroto, ¡será posible…!, estos turistas…, va, no seáis así: pobre chica, ni pobre ni nada; que se vaya a llorar a su país”, cuchicheaban. y la gente me miraba intentando averiguar de qué demonios iba aquello. en sus ojos había tanto recelo… que lloré con desafío. un niño me tomó varias fotos. rápidas: clic, clic, clic. y un chino se me acercó y me felicitó “llolas muy bien” y me preguntó por el nombre de mi performance. “el pozo de mi muerte”, respondí. y dejé de prestarle atención.


vagué. con intención de perderme, de ser asaltada, con intención de cualquier cosa grave y actual que pudiera servir de tapadera de mi estado vegetativo, que pudiera justificar mi desahucio. pero no ocurrió nada. al contrario: mi brújula interna me llevó hasta la cúpula del museo etnográfico y, después por una calle muy larga, hasta el jardín botánico, una plaza… la plaza kralija tomislava, leí, antesala, desde mi distorsionado punto de vista, de la glavni kolodvor. la estación de ferrocarril. y ya no pude más.


me llevó un rato asimilar que ya no estaba en zagreb. un hombre con barba me observaba por el retrovisor. la tarjeta de embarque del vuelo a dubrovnik estaba sobre mis muslos, y en mi mano, como un arma que acabara de ser disparada y con la que ya no se supiera qué hacer -esconderla, lanzarla a las profundidades de un río, volverla a utilizar-, el teléfono móvil. el coche circulaba a toda velocidad, atrás quedaban las casas residenciales, los abetos, las torres de alta tensión. cómo había sido capaz de hacerlo. en qué no estaba pensando. dieciséis llamadas perdidas de ceci. siete kunas por kilómetro. había sido todo tan mecánico. dos minutos y medio de mendicidad. un te a-/ a la desesperada y a medias por la expiración del saldo. hiciste bien en no confiar en mí: traicionera e incapaz de cumplir con mis propias exigencias y pautas de supervivencia. ácrata suicida. ocho kilómetros hasta el aeropuerto. las seis y media de la tarde. la urgencia, el mejor remedio para salir del estado de shock.


distinguí a ceci, de espaldas, su larga cabellera rubia. deambulaba frente a la puerta de embarque, cabizbaja. también con el teléfono móvil en la mano. yo ya no podía correr más. la falta de costumbre, el flato en un costado. cara de pocos amigos, en un primer momento, cuando me vio aproximarme hasta la puerta de embarque. tristeza y negación de cabeza cuando se fijó bien en mi cara.


“[…] mantengan sus respaldos en posición vertical y las mesitas, plegadas. si durante el trayecto les surge alguna duda o necesitan algo no duden en pulsar el botón amarillo. estaremos encantados de atenderles. gracias por su atención y por haber elegido croatian airlines. en nombre de toda la tripulación les deseo un vuelo agradable”.


atardecía, fuera. en pocos minutos me estaría alejando de zagreb. hasta nunca. o hasta la desmemoria. mis cuerdas vocales habían sido amordazadas por el dolor y la culpa. y el silencio tampoco parecía tener muchas ganas de ser interrumpido, así que saqué el bolso de debajo del asiento, busqué mi bloc de port aventura y escribí:

me temblaba tanto la mano.


el avión, soberbio, encaró la pista. y despegó, por fin, de la crónica capital croata, de la tierra que fue santa contigo y maldita sin ti, de la conjunción cruel de todo lo que ya no volvió a ser. "mi cancerígena zagreb -murmuré-, mi hermosísima ciudad carnívora, nuestro idilio acaba aquí". y ella, zagreb, me respondió por última vez con cierta tristeza: "dovidenja".