La primera vez que cayó en sus manos un libro de Banana Yoshimoto lloró de la risa. “Banana –pensó- no es un nombre serio”. Y el título de la obra,
, tampoco lo era.
Banana Yoshimoto no era un nombre serio. Y Tsugumi, un título imposible. Pero ahí estaba, frente a la caja, sosteniéndolo con una mano y sacando, con la otra, la billetera que solía guardar en el bolsillo trasero del pantalón.
La primera vez que terminó la primera novela de Banana Yoshimoto experimentó un absoluto desconcierto, como aquella vez que, siendo pequeño, lo despertaron en medio de la noche y lo obligaron a salir a la calle, tan fría, en pijama, porque el edificio –supo luego- había empezado a arder en el quinto y el fuego se estaba extendiendo. No pensaba que tuviera fin –al menos no tan próximo- y sin embargo lo tenía. Las páginas de Tsugumi, un poco más desgastadas, habían desvelado todos sus misterios y guardado silencio, luego.
Corrió a por Kitchen, como si en lugar de tratarse de un libro se tratara de la ración de arroz o de judías que le correspondería -previa entrega de la cartilla-, en una hipotética época de carestía por causa de la guerra o un desastre natural. Descubrió que la fruta que acompañaba al apellido era un seudónimo, y rió de nuevo; el nombre de pila –el auténtico- tampoco era mucho mejor. A diferencia de las letras de esa novela –que se trataba, en realidad, de la primigenia-, que eran hermosas y plácidas como fuegos artificiales mudos. Embrujado –el participio es ese- por la literatura de la oriental pasó el día entero leyendo. Prescindió de la lasaña precocinada, de la anhelada cita de esa misma tarde, de la lasaña ignorada de la comida que se convirtió en lasaña despechada a la hora de la cena. Sólo se levantó para ir a mear.
Después llegaron
Sueño profundo y
N. P. Y el lector se apoderó de ellas, de todas las palabras, las absorbió... Se
sentía, paradójicamente, más cerca de Banana y de sus personajes de ficción, de lo que había estado nunca de cualquiera.
Sólo quedaban dos libros –aún sin traducir al español- y Amrita. Cuando lo consiguió, lo llevó a casa, se sentó en la cama con las piernas cruzadas y dejó el libro en el hueco entre ambas. Lo miró, durante mucho, mucho tiempo. Era el último ser vivo del universo de su autora. Leerlo, ¿y después qué? Releerlo, una y otra vez, descubrir lo que en una primera lectura pasó por alto, conocer la obra a la perfección. Hacer el amor con María, Tsugumi, Mikage, Kazami y Terako hasta saber exactamente cómo desbordarlas. No, no podía leerlo. Era una especie de testamento. Le hizo hueco en la estantería, acarició el lomo -línea de un horizonte en miniatura-, con ese estampado de pata de gallo. Ignoraba cuánto tiempo tendría que pasar para poder desentrañarlo. Siguió mirándolo hasta que le interrumpió el teléfono. Volvió a mirarlo, antes de salir de la habitación.
Tropezó con su imagen en un espejo. Se miró por inercia, para comprobar que estaba presentable -guiño del subconsciente- y descubrió, estupefacto, que sus ojos, redondos, pequeños y glaucos, se habían rasgado.
El teléfono -cómo no- siguió sonando.