miércoles 16 de diciembre de 2009

...y adiós

Cuando abrí el blog hace tres años lo hice porque estaba harta de tener que mendigar lectores. Aquella fue una buena idea, pues a lo largo de este tiempo, sois muchos los que os habéis pasado por aquí voluntariamente, los que habéis dedicado vuestro tiempo a leer estos textos -habiendo tantos otros, mil veces mejores- y los que me habéis animado a escribir. Por eso quiero daros las gracias, muchas, muchas gracias a todos desde mi Médula Espinal y deciros -este es el momento en el que trago saliva- que dejo el blog, que ya no habrá más textos. Bueno, los habrá, por supuesto, pero.

Un abrazo a todos,
gracias de verdad
...y adiós.

miércoles 25 de noviembre de 2009

Vertical

Esa es la ciudad de la que te he hablado, bien, mal, pero tanto, la que se extiende en el cauce del río sin barcas ni patos -sólo joyas urbanas y esqueletos resplandecientes- y en los confines de tus ojos de menta. La ciudad que, al ser vista desde el noveno piso donde se encuentra el restaurante, nos ha concedido una tregua, una pausa para reposar los ánimos y separar todo lo que vamos a hablar de aquello que no podemos contarnos.

Estamos los dos solos en la zona de mecheros y humos. Las cartas de cuero negro aún están cerradas, y un discreto camarero, en la esquina, monta guardia para satisfacer, en cuanto haya indicio, nuestros deseos.

Pareces tan absorto y a la vez tan relajado que no oso respirar.

-No es la primera vez que vienes aquí, ¿cierto?

-Cierto –respondo.

-Entonces confiaré en tu criterio. No quiero tomar ni una decisión más hoy.

-¿Tantas has tenido que tomar?

-No te lo imaginas.

-Sí. Hasta última hora no has tenido claro si venir o no.

-Entre otras cosas.

Paso las páginas de la carta, con cierta urgencia -no me esperaba esa respuesta-, como la de quien busca en un diccionario de bolsillo, perdido en cualquier calle de un país lejano, exótico idiomáticamente, la palabra que cree que le sacará del apuro, que le permitirá llegar hasta el hotel o encontrar un médico. Busco en la carta, aunque sé bien lo que vamos a cenar. Templo mis nervios; o doy la cara en este momento o lo que venga será todo un rodeo, un circuito en torno a la más obvia de las preguntas:

-¿Y por qué has acabado viniendo?

-Me apetecía verte.

-Bien –pero no basta con eso-. ¿Por qué dudabas?

-Puede que fuera mejor dejar las cosas como estaban.

-¿Cómo estaban?

-De la única forma en que podían estar: paradas.

-¿Y ahora?

El camarero vuelve con el vino. Lo descorcha. Sirve un poco en las copas. Lo catas, le das el visto bueno, evades la respuesta. El camarero toma nota de la comanda y se marcha de nuevo.

-Tengo que admitir que no me imaginaba esto así, ¿eh? -señalas el exterior-. La última vez que vine estaban empezando a construir el edificio aquel.

-L’Hemisferic.

-Eso.

-Pero esa debió de ser la penúltima.

-Ah, sí. Claro. Pero es que la última no cuenta. No llegué a estar ni diez horas; no me dio tiempo a nada.

“Como hoy”, me guardo de decirte. Lo último que debo hacer es mostrarme borde o irritada porque hayas tardado tanto en querer volver a verme. Pues ahí te tengo, a poco menos de un metro, al fin y al cabo. Pero tampoco puedo mostrar mi debilidad siendo demasiado efusiva. Todo lo que uno tiene por verdad tiende a aflorar, a salir a flote, pronto, como los pedacitos de un corcho en el vino. Contenerse, ponerse uno mismo la mordaza entraña cierto peligro - el de dejar de ser tú-, y a la vez resulta punzante, molesto, como si te estuvieran haciendo cien pruebas de la alergia. De modo que empiezo por admitir que

-El día de la reunión… Iba por la plaza Tetuán y no sé por qué me fijé en ti, que estabas sentado en un banco, junto a una enorme jardinera en la que había, hay, una palmera. Estabas haciendo tiempo, descansando, y me llamaste la atención. Por tu pinta de macarra, con aquellas gafas de sol, no sé, por lo que fuera. No se me pasó por la cabeza que pudieras estar en el grupo y cuando te vi aparecer en el hall, justo cuando empezaban las presentaciones improvisadas, me puse nerviosísima. Y cuando durante la conferencia no sólo te sentaste a mi lado sino que descubrí que… Fue muy extraño. Y luego todo lo que pasó… -debería callar, debería callar, debería callar-. Te parecerá tonto, pero desde entonces, cuando estoy por el centro, intento desviarme siempre que puedo para pasar por el banco y encontrarte ahí de nuevo, sentado.

Tu sonrisa me apaga la voz.

Tengo miedo y calor.

Me siento como la ranita de la boca grande, la famosa ranita del chiste.

-¿Y en qué piensas cuando me ves ahí sentado?

-En todo lo que no piensas tú.

-Venga.

Verte comer, tan pausado y solemne, siempre me ha resultado fascinante. Pareces sacado de las páginas de una novela de Kawabata, de la primera ceremonia del té.

-Estuve una vez a punto de ir a buscarte.

-¿Estar a punto? ¿Eso qué quiere decir?

-Faltaba poco para que saliera el tren y allí estábamos mi maleta y yo, en la estación del Norte. Bueno, era una bolsa de viaje, pequeña, ya sabes, con lo suficiente como para que no pensaras al verme aparecer que llegaba dispuesta a aposentarme en tu casa, a dejar mi neceser en tu cuarto de baño, mi pijama debajo de tu almohada, mi ropa interior en un cajón de tu armario y todas esas cosas tan rancias y previsibles que se pueden llegar a hacer en un exceso de autoconfianza. Me habría gustado que entendieras a priori que la cosa iba a ser breve.

No me mires así, por favor. No me hagas justificarme.

-A veces hago cosa extrañas, no sé. Preferirías no haberlo sabido. Ya… Ahora vas a pensar que estoy realmente grave, que tenías que haberte quedado en casa viendo los partidos de la NBA, o haber ido al cine para confundirte de horario o de película, como sueles hacer, cualquier cosa salvo haber aceptado esta cena.

No me mires así. No puedo aguantarlo, para, si sigues así no me quedará más remedio que

-Saltar por la ventana. Creo que ahora mismo debería saltar por la ventana.

-Como hiciste en Mindo, ¿no? Pero entonces fueron doce metros, no cien.

-Precisamente: la idea es hacerme más daño.

-Matarte, diría.

-No, no tanto. Ahora me aseguraría de saltar en posición vertical, no sedente.

Te ríes. Bien. Creo que ya no tengo que saltar.

-¿Algo más que añadir?

-Sí.

Silencio.

-Cada uno es responsable de aquello que ha cautivado.

-

-Y también de aquello que lo ha cautivado. Así que, en fin, yo tenía que intentarlo.

-

-

-

-

-Sigues diciendo la verdad.

-Siempre.

-¿Y por qué no cogiste el tren?

-Lo cogí. Ese y los dos de después. Pero no se puede decir lo mismo de lo que tú hiciste con el teléfono.

-¿Cómo?

-Llegué hasta Biarritz.

-Joder.

-¿Qué?

-¿Por qué no me avisaste con tiempo?

-Te avisé con tiempo.

-Con más tiempo.

-Porque no. Lo decidí la noche anterior.

-¿Y por qué no seguiste insistiendo?

-Porque en ningún momento me devolviste la llamada.

-

-Sabes que es verdad; encima no pongas esa cara.

-Estuviste a sesenta y dos kilómetros de mi casa. Dime qué cara quieres que ponga.

-No sé. Pero otra.

-¿Esta….? ¿Esta…? ¿O mejor esta otra?

-Déjalo, da igual.

La conversación se queda estancada, como los diálogos que escribo últimamente. Llega un punto en el que tal personaje dice tal cosa y… Lo mejor sería zanjar con el punto y final más grande nunca visto, pero, ay, soy de esas personas que no saben cómo ponerlos. Ni tampoco verlos. Creo que las historias siempre pueden retomarse donde se dejaron, y si no puede ser… Si no puede ser que el punto y final lo coloquen otros. No es por eximirme de la responsabilidad, sino porque sencillamente no sé. No tengo ni idea.

-¿Quieres probarlo?

-Tiene crema, ¿verdad?

-Sí.

-Entonces no, gracias. ¿Tú quieres de esto? Está muuuy bueno.

-Se nota. A ver… Muuuy, muuuy bueno.

-Coge más.

-No me irás a decir que estás llena…

-No. Pero prefiero ver cómo te lo comes tú.

Anécdotas, dos cafés, futuribles, un güisqui, planes, una ginebra con tónica, picardías, tonterías, carcajadas que se esparcen por la estancia desierta. La cuenta, la mirada de menta que se despide de la panorámica, el gracias y buenas noches del maitre, el ascensor.

Las ganas.

Las inseguridades.

El silencio.

La (a)tracción.

El dictado del sentido común.

Las ganas inaguantables.

Las ganas inagotables.

El temor a la temeridad.

La planta baja.

Los semáforos en ámbar, los esqueletos fosforescentes, la ciudad que duerme. La incredulidad. Porque el tiempo se acaba. Cómo puede ser. La humedad de anfibio. Que aclara las ideas. Como en aquel cuento infantil, al abrir la boca de mis labios brotará una carretera eterna, la sinfonía de un puerto, una mesa de billar, el piquero de patas azules que me gustaría regalarte cuando cumplas los cuarenta y una conjunción copulativa de neón. Todo eso.

-Bueno, pues…

-Ya.

-Gracias por todo.

Si hablas, morirás; si callas, morirás.

-A ti.

-Si planeas volver a venir, llama.

-Sí.

-Espero que eso ocurra pronto. Venga, dame un beso . Cuídate mucho.

Así que habla y muere.

-

-Adiós, Ana.

-Adiós.



sábado 31 de octubre de 2009

Niebla


El nombre de esta isla de 7 000 habitantes bien podría ser un error tipográfico. Burano
en lugar de Butano. Eso justificaría los rodales de sudor en el vestido blanco, la multitud de mosquitos tigre, que la ga de Italia se derrita en tu mano. Como una enorme chocolatina que hubieras estado guardando.

En el embarcadero la gente espera al sol.

Tu boca seca se agrieta cuando descubres que los edificios, bajos, son una continuación terrenal y aleatoria del arcoíris. Si no supieras que te asfixiarías en el mismo momento en que decidieras quedarte en esta isla, próxima o no tanto a Venecia, qué fastidio sería depender a diario del vaporetto, te quedarías. Aprenderías cómo hacen encaje las zurdas, ahogarías los recuerdos y los libros y parte de tu vida en la laguna, vivirías en un palafito azul, paredes desconchadas y manchas de humedad incluidas. No tendrías barca. El olor de la gasolina te despertaría por las mañanas.

Vidas como esa.

En la plaza Galuppi te detienes a por un zumo de frutas. El color del líquido te recuerda que sigues sin saber por qué ahí en Burano todas las casas –adosados, más bien, pero ahorrarías electricidad y energía oyendo la radio de la vecina- son “así”.

Así, cómo, qué quieres decir. Ah, ya entiendo. Hace años, cuando los vaporettos no existían, o existían pero no venían hasta aquí, a siete kilómetros, pero tan apartados, los hombres se hacían a la laguna con sus barcas de madera. Y luego se hacían a la mar. Partían cuando las palomas se desperezaban en los recovecos bizantinos de la basílica y en los del Campanile, y volvían a casa cuando la laguna entera era silencio. Y niebla. La niebla aquí es densa, lo vuelve todo inescrutable. Como el velo de una viuda. Por eso los hombres tenían que apurarse. Si alguno se topaba con el anochecer en la mar, si a esas horas aún no había vuelto a casa, tenía que esperar hasta el amanecer del día siguiente. Y al día siguiente el cansancio y el cuerpo húmedo, engarrotado, vencían. Y ese hombre no iba a pescar. Menos dinero para la casa, una calamidad. A mi marido solía pasarle. Por eso yo salía al embarcadero, con una luz en la mano, y lo recorría de norte a sur, de este a oeste. Algunos hombres me confundían con sus esposas. Llegaban hasta mí, guiados por la luz… Mi esposo era muy celoso. Mucho. Decía que no quería saber nada de eso, pero me veía, ya lo creo, casi siempre, desde su barca. En una ocasión hubo un malentendido… Y dejé la luz. Fue entonces cuando decidí pintar la casa de rojo. La gente puso el grito en el cielo. Aquí qué se puede ser, ¿salvo un anticuado? Al día siguiente pinté las franjas verdes. Los marcos de las ventanas los dejé en blanco, como ves. Como la bandera de la patria, sí.

Mi marido no volvió a perderse. Los colores de la casa eran nuestro código, la forma de reconocernos. En la noche, en la lluvia, en la niebla. Tanto da.

Te alejas de allí, de la casa bandera.

¿Vuestro código cuál es?

¿Cuál era?

Nunca lo pactasteis.

Tampoco habría servido de mucho. Una de los dos habría descubierto en ese preciso momento su daltonismo, el desagrado súbito por el expresionismo abstracto, en fin, esas cosas.

El vaporetto te rescata de esta isla. Antes de subir te obligan a tirar a la basura el zumo, aún a medio beber.



Sabía tanto a niebla.

jueves 15 de octubre de 2009

Las noches más largas III

Madrid

-Tienes que relajarte, cielo, recuerda lo que dijo el doctor.
-¿Pero cómo quieres que me relaje, mujer? ¡Cómo quieres que me relaje si el partido está al borde del colapso! -tiemblan las copas y los niños bajan la cabeza cuando su padre propina un puñetazo sobre la mesa. La mujer le mira con severidad. Que se haya acostumbrado a la crispación, que lo considere ya algo casi crónico no significa que vaya a tolerar que su marido pierda los estribos delante de los críos.
-La dirección nacional no puede ser desafiada, quien actúa contra los intereses del partido no pertenece a él, así como tampoco pertenece a él cualquiera que enturbie, ensucie o desacredite la imagen del partido con palabras y/o actuaciones. Porque nuestro partido es un partido honesto, transparente, con unidad de criterio. A nuestro partido le interesan las personas, lo que piensan, sus preocupaciones y sus necesidades. Nuestro país necesita cambios profundos y queremos/
-Cielo – la mujer aprieta suavemente el hombro de su marido. Ha de vigilarle, hacerle ver que no puede contaminar las sobremesas, cualquier momento de su vida privada y familiar, en definitiva, con palabras que van subiendo de tono hasta alcanzar el clímax discursivo propio de los encuentros populares en plazas de toros. Por eso le dice otra vez-, cielo.
-Perdona, Elvi, tienes razón –admite-. Sólo una cosa más: yo, como presidente del partido popular, no voy a tolerar bajo ningún concepto, nunca, que se me desafíe otra vez –apura su copa de vino y se pone de pie.
-¿Y ahora qué haces, Mariano?- exasperada-. Déjalo, ¿quieres? Mañana se encargará Nancy. Vámonos a dormir.
-No –se libera del abrazo de su mujer-. Yo mismo me encargaré de la limpieza.


Valencia

De pequeño, cuando la familia de Ricardo llamaba a Ricardo Ricardito, Ricardo se imaginaba a sí mismo, con veinte o veinticinco años más, conduciendo vehículos de lujo y luciendo en la muñeca relojes con los que alguien –pero no él- podría pagar varias letras de una hipoteca. Lo que no se imaginaba Ricardo, pues contaba todavía con pocos años, era el modo de conseguir todo aquello. Pero creció. Y pronto se dio cuenta de que la manera más rápida y fácil de lograrlo pasaba por convertirse –y no es casual este verbo- en político. Y eso hizo.

Ya como secretario general del popular partido y como portavoz del mismo en la comunidad de la paella, de la luz y del color, Ricardo se imaginó que, quizás, con el apoyo de unos amigos –de los que uno, no él, a simple vista desconfiaría- llegaría a ser presidente del partido, del gobierno de la región y, por qué no, con un poco de suerte, del estado español. La idea de dedicarse profesionalmente a la política hasta el momento de su jubilación le resultaba fascinante. ¿Cuántos regalos acumularía hasta entonces?

Lo que nunca imaginó Ricardito –tampoco Ricardo- es que acabaría, como suele decirse, pagando el pato, el precio de los platos rotos o todo ello junto, siendo el cabeza de turco, el chivo expiatorio que se sacrifica para enmendar los pecados y corruptelas de otros -ex- compañeros de partido.

Ricardo mira fijamente el techo de su dormitorio. Ignora si habrá comisión de investigación, pero sabe que ha perdido su honor y credibilidad, que ha sido destituido de todas sus funciones pese a que no está sometido a ninguna imputación. Se da la vuelta en la cama y tira de la manta hasta cubrirse los ojos. Y entonces piensa que, en realidad, lo que tendría que hacer es precisamente eso: tirar de la manta. Y que con él cayeran todos.

Washington

Después de entrevistarse con el nuevo Premio Nobel de la Paz, en un despacho en forma de nimbo, después de desayunar con él, de estrecharle la mano, de prometerle a éste que España enviará más guardias civiles a Afganistán –“como si allí sobraran”, pensó la traductora, aunque se guardó de decirlo, cosa que quizás no habría hecho Jacobo, Jaques, Jack, Jaime, Santiago, Diego o Yago Deza- y de que acogerá a algún que otro preso de Guantánamo cuando esta prisión se cierre, después de garantizar a su equipo que su país –de ellos- volverá a cobrar protagonismo en la escena internacional, después de conocer cómo evoluciona el quebramiento imparable del partido de la oposición y después de ojear las guías turísticas de los países de Oriente Próximo que visitará en su próximo tour, Zapatero sonríe, contempla desde la ventana de su suite en Blair House las hermosas vistas, la Casa Blanca iluminada, y piensa que le gustaría mucho que la noche se alargara.

lunes 28 de septiembre de 2009

Llueve


Los cartones sobre los que esta noche ha dormido el mendigo de Micer Mascó, el famoso mendigo que vende pañuelos de papel y que más que vender parece que se despide de alguien, por cómo los agita, debido al parkinson, son galletas blandas, a punto de desintegrarse en el escalón que precede a la entrada de un colegio de pago.
El mendigo se levanta tiritando, engarrotado, tosiendo. Mira desolado sus viejos cartones, la pasta de papel de periódico que le sirvió de abrigo, los paquetes de pañuelos, sucios, húmedos, aplastados. Se marcha con las manos más vacías que nunca. Y entonces, a las ocho en punto, sale un hombre vestido de manera impecable, casi un ejecutivo de no ser por la escoba que sostiene en la mano izquierda. Barre los escalones, echa el colchón del mendigo al cubo de la basura. Y luego esparce serrín por toda esa zona, como si allí, en lugar de un hombre dormido, alguien hubiera vomitado.

Llueve.

Treinta minutos de retención en la avenida Pérez Galdós. Autobuses escolares y de la EMT, furgonetas de pequeñas empresas, turismos con autónomos, funcionarios, desempleados, estudiantes que ayer por la tarde lavaron el golf, taxis que sintonizan la SER, todos en Pérez Galdós, parados.

Llueve.

Hay palomas cobijadas bajo los aleros de los tejados y perros viejos, de ojos tristes,  en la puerta de la iglesia, que no provocan ya ni ternura ni temor. Los pesqueros no se hacen hoy a la mar.

Llueve.

Los labradores miran al cielo, con las manos en los bolsillos o con el cigarro mañanero encendido. Si llueve con moderación las naranjas se hincharán, serán brillantes y se podrán regalar a las cooperativas para que ellas las vendan a los supermercados europeos. Pero si llueve mucho y fuerte o si incluso graniza, las naranjas se hincharán, perderán el color y se descolgarán de las ramas por sí mismas. En los campos, luego, todo será una miasma.

Llueve.

Pero en la Alemania de Angela Merkel hoy ha salido el sol. “Lo hemos conseguido”, declaraba anoche a los medios de comunicación, mientras las putas se contoneaban bajo sus paraguas, en el polígono industrial, como las mujeres chinas de antaño sobre las que escribía Pearl S. Buck. “Viel Spaß!”, se despide Angela de su marido, tras darle un beso, cuando se va a trabajar.

Llueve.

Bueno, en Filipinas ha habido una tormenta tropical, inundaciones y más de ciento cuarenta muertos. Pero aquí llueve, estamos en alerta y, uf, sí, el mundo se va a acabar.

Llueve.

Los cubos distribuidos por la sala de estar de la vecina se han desbordado. Pero la vecina no puede hacer nada en este momento porque está limpiando en casa de los tal, que no se han molestado en apagar el riego por aspersión.

Llueve.

Pero no café en el campo. Y lo que más te preocupa es que se te encrespe tu melena tan lisa, que se ensucien los bajos de tus vaqueros, que se destiñan tus converse, que no le gustes a Pedro.

Llueve.

Hay agua y sequía, hay presas vacías y bañeras con rutinas de jabón, hay trasvases para campos de golf.

Llueve con la misma fuerza con la que llovía cada tarde en el DF, pero la lluvia de aquí no nos limpia la cara ni el ánimo, sino que nos envilece.



(La pintura que acompaña se titula "En el atasco" y es de "Zafra" Vicky Rodríguez)